💀 Aquellos ojos tan oscuros💀
En una calle de esta fría, lluviosa, oscura y melancólica metrópolis, ella se sentaba en una helada banca sobre un andén. Siempre vestida con un largo abrigo negro y una bufanda tejida en crochet, solo sus ojos se dejaban ver, aquellos ojos tan oscuros que era casi imposible distinguir el iris de la pupila. Allí se encontraba ella, observándolo todo. De un lado, un joven en una moto roja de doble tiempo, conducía a toda velocidad, desorientado y vacío, pero decidido. Su expresión reflejaba una sed de matar. Del otro lado, un hombre acomodado, pulcro, opulento y acaudalado, contemplaba la calle por la ventana de su ostentosa camioneta mientras su guardaespaldas conducía pacientemente por las estrechas calles de aquel barrio lujoso.
Felipe, el ambicioso joven a quien se le había encomendado aquella macabra misión, tan común como lamentable, temblaba y se sentía lleno de adrenalina. Sabía lo que estaba por pasar en unos instantes, y la rabia brotaba por todos sus poros debido a lo que él consideraba una mala suerte con la vida que le había tocado. Había crecido solo con su padre, cargando con el vacío inmenso que dejaba la ausencia del amor y la presencia de su madre. A los quince años, se enamoró de una mujer mayor, la tía de su mejor amigo, en una reunión para celebrar su cumpleaños. Felipe se obsesionó con ella, creyendo que ella llenaría el vacío que llevaba en su pecho por tantos años. Cuando sus miradas se cruzaban, todo su ser se estremecía; él creía que ella lo correspondía, pero tristemente no era así. Felipe le escribía con frecuencia y la invitó a salir en tres ocasiones. Tomó el riesgo y siempre fue al lugar acordado, pero ella nunca se presentó. Después de esta última espera infinita por algo que jamás sucedería, cargando aún con el peso de su soledad, se sumió en una depresión tan profunda que empezó a consumir todo tipo de drogas. En medio de la confusión que le provocaban, sentía que algo lo acompañaba y apaciguaba su soledad durante aquellos viajes que lo ayudaban a escapar de su realidad.
¿Alguna vez has querido escapar de tu realidad y sentir que vas a un mundo diferente o paralelo, aunque sea por un par de horas? Felipe, mientras conducía velozmente, recordó aquella vez en que, por su afán de escapar y disfrutar de una realidad con mejor suerte y más prolongada, tomó la desacertada decisión de probar el bóxer. Le habían dicho que tenía un efecto mayor que otras drogas, pero jamás imaginó lo que experimentaría. Llenó su bolsa de sacol y empezó a soplar y soplar para calmar su dolor y su soledad. Felipe vio cómo su alma se desprendía de su cuerpo y viajaba lentamente por un portal amarillo neón a una dimensión paralela. Recordaba cómo caminaba por las escabrosas calles bogotanas, pero lo veía todo como haces de luces: el Transmilenio, las estaciones, las personas, los perros, los postes, todo, todo pasaba muy rápido y muy lento a la vez. Recordaba caminar y caminar sin rumbo fijo, sintiendo a su diestra aquella compañía inexistente que calmaba su soledad. Decidió sentarse por un momento para calmar su mente y los latidos de su corazón. Allí estaba ella, observándolo todo en esa helada banca sobre el andén, siempre vestida con aquel largo abrigo negro y esa bufanda tejida en crochet, que solo permitía deslumbrar sus ojos, aquellos ojos tan oscuros que resultaba prácticamente imposible diferenciar el iris de su pupila. El tiempo se detuvo totalmente. Se quedaron mirando mutuamente en un silencio sepulcral. Ella se acercó a él lentamente, como si quisiera besarlo, pero estando a solo milímetros, con una voz de ultratumba le dijo: "Aún no es tu momento". El tiempo empezó a correr de nuevo. Ella, observándolo todo, se levantó y se alejó caminando muy lentamente, desapareciendo y mimetizándose con aquella selva de cemento. Felipe, temblando y perplejo por aquel escalofriante encuentro, quedó aturdido y decidió seguir caminando y explorando aquel mundo alterno en donde su corazón sentía calor y no estaba aquel vacío en su pecho. Aquella energía inexplicable e inexistente le hacía compañía.
Él recuerda y afirma haber estado en aquella dimensión por cinco años, deambulando sin rumbo fijo hasta que una noche cayó dormido súbitamente. Cuando abrió de nuevo sus ojos, vio una bolsa en su mano de un amarillo neón muy intenso. Felipe empezó a reconocer lentamente su habitación, su techo, su armario y aquella ropa colorida que solía usar hace cinco años. Todo era de nuevo confuso y doloroso; se sentó lentamente de nuevo en su cama, y cuando sintió aquel vacío infinito en su pecho, supo que estaba de vuelta en aquel mundo en el que no quería volver a estar. Su padre, muy triste y decepcionado de él, lo envió por todo un año a un proceso completo de rehabilitación, pero allí fue donde conoció a los personajes que lo llevarían directo a la plata fácil y a peores pasos de lo que había dado hasta el momento: matar y cobrar.
Carlos, aquel adinerado hombre de correcto proceder que viajaba en su costosa camioneta en compañía de su guardaespaldas, contestó su celular. Tenía la fortuna de hablar con su madre, la cual siempre lo llamaba a la misma hora para conversar con él y recordarle lo mucho que lo amaba. Lo saludó con voz nerviosa y con un palpito en su corazón, preguntándole cómo se encontraba. Él respondió cálidamente que se encontraba bien, aunque un poco preocupado. Le comentó a su amorosa madre que en pocos minutos llegaría a la oficina de uno de sus clientes, en los que había encontrado algunas inconsistencias en sus libros de finanzas y que debía hablar con ellos y reportarlos ante las entidades correspondientes. Mientras continuaba hablando con su madre, el hombre se bajó de su camioneta y, de reojo, vio la silueta femenina de aquella oscura mujer sentada en esa helada banca sobre el andén, muy cerca de la puerta Vinotinto de la oficina de su cliente. Ella, siempre vestida con aquel largo abrigo negro y esa bufanda tejida en crochet, que solo permitía deslumbrar sus ojos, aquellos ojos tan oscuros que resultaba prácticamente imposible diferenciar el iris de su pupila, observándolo todo, empezó a ponerse de pie muy lentamente y a caminar en dirección a la misma puerta en la que Carlos acababa de ingresar.
Bang! Bang! Aquel sutil sonido se desvaneció rápidamente en aquella pequeña oficina ubicada en un segundo piso, alertando a su guardaespaldas. Felipe, quien conducía su moto roja extremadamente rápido, se detuvo súbitamente al frente de aquella puerta Vinotinto y corrió lo más rápido posible hacia Carlos. Mientras subía las escaleras, Felipe desenfundó su arma, colocó el silenciador en cuestión de segundos, disparó dos veces contra Carlos por la espalda y empezó la huida. Carlos terminó de subir las escaleras y se recargó sobre el aparador de la sala de espera de la oficina que se encontraba vacía. Le dijo a su madre que la amaba y escribió un par de mensajes de texto. La habitación se tornó fría, oscura y melancólica. Entró aquella mujer de oscura silueta con su abrigo y su bufanda negra, a quien solo se le divisaban los ojos. Extendió sus brazos y Carlos empezó a caer suavemente de espaldas en sus brazos sin que él ni siquiera notara lo que estaba sucediendo. Ella lo recibió y lo acomodó en el piso mientras caía. Carlos empezó a cerrar sus ojos lentamente, mientras con la ternura y la paz del mundo ella se acercó a él y le dio aquel beso final. En su gran misericordia, ella no permitió que él sufriera ni se diera cuenta de tan macabro suceso en su contra.
Luego, ella, observándolo todo, siempre vestida con aquel largo abrigo negro y esa bufanda tejida en crochet que solo permitía deslumbrar sus ojos, bajó las escaleras y salió por aquella puerta Vinotinto. Caminó hacia el andén en que se encontraba tendido Felipe, quien había sido abatido por el guardaespaldas de Carlos. Ella se puso de rodilla junto a él. El tiempo se detuvo totalmente. Se quedaron mirando mutuamente en un silencio sepulcral; ella se acercó a él lentamente, como si quisiera besarlo, a solo milímetros de su boca; con una voz de ultratumba le dijo: "Ahora sí es tu momento", y le dio aquel beso final.
En una calle de esta fría, lluviosa, oscura y melancólica metrópoli, ella se sentó de nuevo. Ella, observándolo todo en esa helada banca ubicada sobre un andén, siempre vestida con aquel largo abrigo negro y esa bufanda tejida en crochet que solo permitía deslumbrar sus ojos, aquellos ojos tan oscuros que resultaba prácticamente imposible diferenciar el iris de su pupila, se encontraba ella sentada, observándolo todo, observando aquel personaje que venía de un lado y observando aquel personaje que venía del otro.
Hay algo en esos ojos oscuros que me intriga más que la escena misma. ¿Es redención, justicia o un simple juego con el destino? Me pregunto si realmente se queda como una espectadora... o si siempre supo que todo terminaría así.🤔
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